Todo amor empieza con un asombro. Con una grieta en lo cotidiano, en lo indiferente. Un hombre puede mirar a los ojos de cien mil mujeres y sólo una de ellas le sacará de la desidia de lo ordinario. El asombro es un rapto en el espacio y en el tiempo. En ese momento, en ese instante de arrobamiento no perteneces a ninguna parte, a ningún lugar
habitas en esa grieta extrañado de todo. Pero el asombro apenas dura un instante breve y pierde fuerza a medida que la razón rellena la abertura con preguntas y pocas veces con respuestas. De mi grieta ya no quedaba ni rastro, ni siquiera un pequeño rasguño que provocara desnivel en mi existencia. Toda relación amorosa es una carretera: una dirección, dos sentidos
una mirada de asfalto que se extiende a lo largo de un desierto. Pero las carreteras tienen cunetas, hasta las mejores tienen cunetas
desagües de lo olvidado, de lo que dejamos atrás. En mi cuneta había un sofá herido y mi cuerpo enterrado.
Alba
mi niña qué pocas veces pronuncio tu nombre, Alba, ahora la ausente, la expulsada. Desperté con el recuerdo húmedo de su nombre entre mis labios ¿Dónde estarás mi niña? ¿En que cama te habrás refugiado de mi abandono? Nunca te faltaron hombres, confesores dispuestos a ser tu almohada ¿Descansa tu coraje en los brazos de alguno ahora, loca? No te mereces mi espalda, mi silencio
tan sólo me diste lo que hace meses te pedí
pero, mi vida ha cambiado tanto en estos meses, Alba. Mi vida, no eso que tu conoces, eso a lo que tú estás acostumbrada, eso a lo que tú querías unirte
eso no es mi vida; mi vida es otra. Mi vida late distinta y profunda a lo que tú conoces
a lo que yo mismo conocía meses atrás. Porque hay llamadas capaces de cambiar vidas, de frenar el tiempo
Mi niña
hay llamadas destinadas a partir el alma y teléfonos del calibre 45 que te anuncian que estás muerto.











